
Los astros se consumen lentamente. El universo sigue su curso.
Los árboles mueren, las montañas siguen su camino desde el interior de los continentes, y algunas escupen el incandescente magma desde el estómago de la madre implacable, que nos insufla vida y luego nos mata.
La humanidad camina a la deriva, con las consciencias despertando: flujos de luz radiante quema nuestros cerebros casi en desuso. O cambiamos o los huesos de la humanidad tendrán flores saliendo por sus cuencas y hierba creciendo alrededor, sin voces. E incluso si cambiamos. Da igual.
Ahora la voluptuosa pulpa de frutas desconocidas al alcance de las bocas, trae destinos inconclusos, se lleva las migrañas y los cielos obscuros. La incandescente energía que nos posee y lo posee todo se manifiesta como siempre, pero ahora podemos olerla más cerca, ominosa, fulgurante. Los animales nos muestran nuestra humanidad medio asquerosa y medio santa, como siempre, pero ahora escuchamos más.
Hermanos antiguos predijeron estos momentos. Los que siempre estuvimos locos y fuimos tratados como ratas parias y leprosas somos ahora los cuerdos; algunos nos piden consejo y nos escuchan.
Las cuidades morirán como las conocemos, todos podemos verlo, y nos congelamos ante el sobrecogedor panorama, sin hacer nada para prepararnos. Quién puede preparase para lo desconocido? Sólo caminar ligero, tranquilo.
Y los políticos siguen hablando wevadas.
Bienvenido, 2012.

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